Hace algunos años, cuando tenía 5 o 6, solamente iba por la vida, preocupándome de casi nada. Uno de esos diciembres, ya cerca de Navidad, mi mamá me preguntó qué es lo que quería pedirle de regalo al Niño Dios, recuerdo que no supe responderle. Íbamos caminando por el mercado de mi pueblo y varias tiendas tenían muchos juguetes en exhibición, sinceramente las pelotas de plástico no me llamaban la atención, ni las figuras de acción (que nunca entendí bien cuál era el chiste de tener una), ni los carritos. Los colores eran bonitos, pero no había un juguete que realmente llamara mi atención, pero con la intensión de encontrar algo interesante me puse a buscar algo. Entonces, mi mamá me preguntó: «¿Qué te parece ese pianito de ahí?».
La verdad es que casi nunca veía hacia donde me decían que viera, si me indicaban una dirección solo volteaba hacia adelante tratando de encontrar lo que me describían sin fijarme a donde apuntaban, casi siempre estaba en otro lado (el recuerdo me causa risa interna), y esa no fue la excepción, yo le dije a mi mamá que si me gustaba. La realidad de las cosas es que yo estaba viendo un piano de cola a escala, más como de adorno que realmente funcional. Nos fuimos del mercado, yo bastante confundido y sin haber elegido realmente mi regalo y mi mamá satisfecha por haber encontrado algo bueno para notificarle al Niño Dios. Ella, en efecto me estaba indicando un pequeño teclado, de juguete, con dos o tres ritmos pregrabados y un solo sonido sampleado: el del piano.

No fue hasta el día después de Noche Buena que me di cuenta de eso (sigo riéndome internamente), yo creí que me iba a llegar un adorno para el buró y no sabía cómo es que iba a jugar con eso. Grata fue mi sorpresa al recibir un pequeño teclado de unas cuatro octavas, que funcionaba con pilas o un adaptador de corriente de 9V.
Aún recuerdo la emoción que sentí. Después de todo, si me gustó. Lo traía de un lado para otro. En ese momento no lo sabía, pero estaba improvisando melodías con ayuda de los ritmos que incluía. Hasta que un buen día llegó a mi casa mi primer Maestro de Música.

Su nombre es: Chava.
Para mí, ya era un señor mayor, tenía canas y una voz fuerte y rasposa, pero sin duda alguna muy amable y paciente, el mejor primer maestro para cualquier niño. Debía tener unos 60 años, tal vez más. Yo tenía solo 5.
Para este punto, ya tenía el eliminador de corriente para no estar comprando 8 pilas a cada rato o que se me fuera a descargar a media clase. Aquel primer día ya lo estaba esperando, mis papás me hicieron saber que habían encontrado un maestro para mí, yo no quería, sentía que era hacer demasiado para tener un simple teclado de juguete, y estaba sumamente nervioso por su llegada. Tocó la puerta. Vi la sombra tras los cristales de la puerta. Supe que era él.
La clase fue mejor de lo que esperaba. Aprendí o al menos empecé a identificar, los limites de las octavas, el nombre de las notas y enumerar mis dedos para posicionarlos en el teclado. Y más aún, mi maestro me hizo ver más allá de la música y lograr notar la maravilla que es tener una mano y cinco dedos en ella, y no solo una sino dos manos, y la posibilidad de educarlas para crear música coordinando los movimientos de los dedos y la independencia ente ellos. A pesar de que solo era un niño de cinco años, lo recuerdo vívidamente, es algo que nunca voy a olvidar.
Comencé (como creo que debe hacerlo todo el mundo) con la escala de Do mayor, tocándola con una sola nota en secuencia y después con terceras (dos dedos a la vez). En ese entonces no logré asimilarlo del todo, tuvieron que pasar varios años para que pudiera entender lo que estaba tocando en ese entonces.

No tuve muchas clases con mi Maestro Chava. Solo pudo enseñarme a tocar «Las Mañanitas» que, siendo sinceros, no tocaba nada bien. Por alguna razón me costó muchísimo tocar las notas correctas con el tempo correcto para que se lograra entender la pieza.
Después de esas pocas clases, no practiqué mucho, el teclado tampoco dio para más, la práctica quedo en solo un puñado de intentos. Pero mi historia con la música estaba lejos de terminar. Ese solo fue mi primer encuentro con ella y con mi primer instrumento, con el que años después tendría uno más maduro y con verdadera hambre de aprender a tocarlo.
Que nunca tenga fin.
Isaías Ulloa.

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